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Libros
fuera del tiempo
"Cuarteto
de Alejandría", Lawrence Durrell.- Debería haber nacido en Alejandría, pero nació en la
India aunque de padres ingleses (qué le vamos a hacer...). Como suele
pasar con la gente interesante, está lleno de contradicciones. Acabó
trabajando en el mundo diplomático, y el alma se le escapaba en sus
novelas. Un alma antigua, casi pagana como algunos de sus personajes,
debatiéndose entre las circunstancias occidentales y sus largas estancias
en Grecia y Egipto y su amistad con Henry Miller y Anaïs Nin, tan dionisíacos
como él.
Inmortalizó a la Alejandría de los años 30 del siglo
XX, sumergiéndose en ella hasta los huesos. Para muchos esta ciudad
está unida míticamente tanto al griego Alejandro, su fundador, como
al “Cuarteto de Alejandría” de Durrell y al poeta Kavafis. Es una tetralogía en la que puede leerse cada libro
por separado, impresionarán igual. Pero sólo fascinarán cuando los cuatro
ocupan su lugar, porque son los mismos escenarios y los mismos personajes
vistos desde la perspectiva, personal y por tanto ilusoria, de cada
uno de ellos. Uno tiene más datos, otro tiene memoria, otro conoce los
motivos, otro... Y así descubrimos, por ejemplo, que quien se creía
apasionadamente amado es tan sólo un instrumento indiferente. O que
la más peculiar e intensa pasión se halla en un matrimonio “infiel”.
O que una devoradora de sexo es, en realidad, un espíritu hambriento
de sentido que se entrega difícil y excepcionalmente, y precisamente
por eso concede su cuerpo sin darle importancia alguna.
Calles donde se arremolina el polvo, las moscas, los
mendigos, el aire fragante a limones y especias, el aire seco y vibrante
cargado de electricidad, la carne y el alma despierta, las historias
de amor agigantadas con la distancia del espacio y la edad, los besos
del verano con sabor a cal viva, las lámparas de petróleo, las bailarinas
griegas que aman por pena... “Nuestros
actos cotidianos son en realidad la arpillera que oculta la tela iluminada
del oro, el significado del diseño (...) No para escapar al destino
sino para cumplirlo en todas sus posibilidades”. Naruz el campesino excesivo, místico primitivo y enamorado
hasta la muerte de su visión. Y un delirante inglés, el conmovedor Scobie
guardando con cariño el orinal de la familia en un armario, refiriéndose
a él, muy seriamente, como la herencia familiar. Más que acogido en
el barrio árabe, a su muerte es reverenciado como un santo milagroso
por todas las religiones: cristianos coptos, ortodoxos, musulmanes,
judíos... Y el carnaval enloquecido bajo las máscaras uniformadoras.
El encuentro con un vampiro en las calles repletas de gente que adora
la vida. Que le rinde pleitesía según raza, sexo y creencias, pues en
sus calles estaba toda la gama planetaria de las tres categorías. Y
las playas de dunas y el lago Mareotis y los puestos de magia y los
profetas en trance y los coptos enigmáticos y las manos pintadas de
azul y el cielo violeta y el desierto. Un personaje hablando del juzgar: “Para todos los que sienten profundamente y
tienen una aguda conciencia del inextricable laberinto del pensamiento
humano, sólo hay una respuesta posible: la ternura irónica, el silencio”.
Ciudades como ésta deberían existir siempre y aunque
Alejandría ya no sea así, una vez lo fue y así quedó eternizada. Hace
poco leí sobre su “mitificación” por Durrell. El leer así su cuarteto
es quedarse en la visión superficial. O, lo que es aún más erróneo,
confundir amar con mitificar. Amar por el contrario implica conocer
y es incompatible con la adoración. Nessim, personaje opaco al principio, escurridizo luego,
después ambiguo, más tarde profundo y de larga huella planeando sobre
los demás como sombra encantadora y peligrosa y que acaba desvelándose
como uno de los personajes más decisivos y potentes junto a su hermano
el estremecedor Naruz, dice hablando de su ciudad: “Es
el lagar del amor. Escapan de él los enfermos, los solitarios, los profetas,
es decir todos los que han sido profundamente heridos en su sexo”.
Y las cobras son animales de compañía, independientes como los gatos
y como ellos bebiendo su platito de leche. Sólo de algunos escritores puede decirse que son sensuales,
pero deberían serlo todos por el mero hecho de escribir poesía o relatos.
Pues lo sensual alude y señala sensaciones y percepciones y sexo. Esa
energía primordial fuente de lo creativo en todos los sentidos, oscura
y luminosa, ilimitada y profunda. Tanto como el origen de la vida, como
su misterio más concreto y escurridizo, como su movimiento más vertiginoso
y esquivo. Las palabras de Durrel parecen hechas de carne, sangre, atmósfera
palpable, intimidad. Porque no cita hechos, suceden. No habla de alguien,
respira y echa el aliento en tu nuca. No cuenta, invoca mundos. Y si pocas veces una ciudad es el mundo entero, deberían
serlo todas, siempre. Julián Medéz Algunas citas sugerentes: -“Me imagino que lo que todos buscamos
es el secreto del crecimiento”. -“La ciencia es la poesía del intelecto
y la poesía es la ciencia del corazón”. -“Vivimos vidas que se basan en
una selección de hechos imaginarios”. -“Una obra de arte es algo que se
parece más a la vida que la vida misma”. -“Ríete hasta que duela y sufre
hasta la risa”. (Atención a la traducción. En algunos escritores tiene
importancia relativa, pero una mala traducción de Durrell le machaca
por completo haciéndolo irreconocible. Recomendada la admirable de
Aurora Bernárdez de la editorial Edhasa de mil novecientos setenta y
tantos. En el caso de estar descatalogada, o agotada, buscar en bibliotecas.
Merece la pena) |