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CINE EnCartel (Memento, Lucia y el sexo, La mugre y la furia)

La película secreta ¿?¿?¿?¿?¿?¿?

Esta sección la dedicaremos a una película que sea para unos maldita, para otros genial, para estos un sueño, para muchos desconocida, para algunos rara joya sin pulir y para otros detestable. Pero nunca indiferente...

 BLADE RUNNER, Ridley Scott.-

Cuando la atmósfera no sólo existe sino que es protagonista, es síntoma de que la historia está viva. Cuando eso sucede en películas de género “menor” el resultado suele ser tan inquietante como insólito. Sobre todo frente a las películas basadas en un estúpido alarde de efectos especiales, con argumento y personajes planos, o inexistentes.

Blade runner es un caso aparte. Y los replicantes (seres genéticamente “perfectos”) también. Como Frankenstein se escapan de las manos de su creador, porque el intento de implantarles una falsa memoria es la torpe y patética manera de eludir los efectos de los “avances” científicos. Sólo se puede investigar, o crear algo partiendo de su hondura, nunca de las capas más prácticas y superficiales. Esto se aplica a la ciencia, al arte y a la gente. Y esto empapa, flota sobre esta historia. El misterio de la vida y el pavoroso enigma de su diversidad, cayendo imparable como la lluvia sucia, sobre las calles de Los Ángeles en el siglo XXI. Hermanando a perseguidores y perseguidos con la eléctrica sobriedad del mejor cine negro.

La zona de Los Ángeles es bastante seca, sin embargo en el 2019 llueve incesantemente sobre sus calles abarrotadas. Pero sus habitantes parecen más melancólicos que esa lluvia, brumosa, o perfilada como finas agujas de cristal. Y la luz no viene de ninguna parte. Todo tiene su propia luz.

Es una película que se sale de los géneros, aunque algunos la rozan mágicamente. Ya desde las primeras imágenes te mete sin avisar, con su poderosa atmósfera emotiva, en el misterio de las fronteras de la vida, captando al espectador por su directa y honda autenticidad.

Una ciudad no demasiado futura, barroca, de luces calientes y oscuras, construcciones piramidales, cielo sucio siempre metálico y húmedo, edificios casi rozándose como bordes de un desfiladero urbano de altura vertiginosa, salpicada de enormes anuncios luminosos que parecen sonreír al vacío, donde se habla un idioma mezcla de inglés, español, chino y holandés. Un idioma nuevo tan viejo y carcomido como la piedra de sus construcciones. Todo parece mordido por el cansancio del tiempo. Los humanos, también. Quizá más. Es una ciudad atestada, cada vez más llena de objetos en las calles, en las casas, en el aire. Ridley Scott aludía a este detalle en una entrevista de Olivier Boissière y Dominique Lyon: “Esencialmente la ciudad va empequeñeciéndose ante el medio ambiente”.

Hay un personaje gótico, fronterizo y conmovedor, Sebastian, creador de muñecos mecánicos y diseñador genético de los replicantes. Vive solo en un edificio desierto, aunque las clases acomodadas como él hace tiempo que abandonaron la Tierra por las colonias espaciales. Y padece una enfermedad degenerativa que le hace envejecer rápidamente, parece tener cincuenta y tantos cuando sólo tiene 24. Vive en contacto íntimo, por todo ello, con el vértigo del tiempo y las fronteras de la vida.

Hay una escena, cuyo silencio parece cantar con la sugerente música de Vangelis, en la que Deckard (Harrison Ford) se asoma a la terraza de su apartamento para contemplar la ciudad. Esa ciudad con cierto aire a la “Metrópolis” de Lang, pero cálida y densa. Contemplar los anuncios de neón con el rostro de una japonesa sonriendo al vacío, los coches-naves de la policía surcando el estrecho espacio entre las calles, sorteando los edificios silenciosamente. Contemplar la lluvia metálica y contemplar el trabajo que está haciendo: buscar y matar (“retirar” según la palabra oficial) a replicantes (seres de carne y hueso, genéticamente estructurados), sintiendo cada vez que lo hace que está asesinando a un ser vivo, y quizás más íntegro, lúcido y sensible que los humanos que lo crearon. Como dice, irónicamente, un replicante a Harrison Ford en una pregunta sin respuesta: “¿No eres tú el bueno, el hombre bueno?”.

Una atmósfera hondamente melancólica, fascinante, en el filo de la navaja de una inevitable lucidez. Atmósfera de cine y novela negra, reconocida por el propio Scott al mencionar la semejanza del protagonista con el sobrio y desencantado detective Philip Marlowe. Ante las fronteras de la vida. Ni siquiera los propios creadores de los replicantes, conocen el alcance y la naturaleza de esos seres genéticamente perfectos, planificados al detalle, que se les escapan de las manos. Seres que se rebelan, y también se revelan igual de emotivos y misteriosos que los humanos, pero más enigmáticos por su entrega a la búsqueda del sentido de sus vidas, y su duración... ¿De dónde vengo?. ¿Cómo y cuánto voy a vivir?... Seres incómodos que colocan ante los humanos el viejo y perturbador misterio de la vida. Los replicantes no sólo piensan, sienten y deciden, sino que sueñan. Esta película es una larga, sinuosa y abierta respuesta a la pregunta-título de la novela de la que partió la idea: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Blade runner es una respuesta entera al invocar por completo; a un mundo vivo por tanto. La novela, sin embargo, no invoca nada. Sólo se dirige de mente a mente, carece de atmósfera, no conmueve, se olvida al poco de leerla; no está viva.

Los replicantes sí. La grandeza y la humanidad están en ellos. Por el contrario, son los humanos los que viven mecánicamente, como esa lluvia persistente sobre una ciudad tan carcomida como sus habitantes. ¿Qué es lo realmente humano?. De eso trata esta película. Y hay una sobrecogedora escena que parece responder a esa pregunta, rozando en nosotros algo muy antiguo, algo medio olvidado y algo anhelado. Es la impresionante escena de la muerte del último replicante, sabiendo que su tiempo se ha acabado. Y en vez de resistirse, simplemente se pregunta sobre su significado, ante los atónitos ojos de un Harrison Ford vencido a sus pies: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäuser... Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia... Es hora de morir”. Vencido y turbado ante la actitud majestuosa de ese ser, que se entrega al misterio de la muerte con el respeto heroico del que busca el sentido de su vida hasta el final, sin que entre en sus planes el simple y vacío sobrevivir. Una muerte sioux, una vida sioux. Y ahí queda en el aire la última frase de la película: “¿Quién lo sabe?”. Blade runner no es una película de ciencia-ficción. Es una película absolutamente íntima.

(Tesa Duncan)

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Nota de última hora.-

Sobre "Los otros" de Amenábar, tres cosas:

1-        Se hecha de menos "Abre los ojos", porque aunque ambas películas hablan del mundo como un producto de la percepción personal de cada uno y, por tanto, de la 'realidad' y la 'irrealidad' de todo, es en su película anterior donde se respira la atmósfera inquietante de la famosa anécdota oriental del hombre que dudaba si había soñado que era una mariposa, o una mariposa que había soñado ser un hombre.

2-        En "Los otros" eso no pasa de ser un mero dato al final de la historia. Pero no alcanza la atmósfera envolvente de "Abre los ojos".

3-        Todo muy bien hecho y buena interpretación.

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