|
Wakan Portada DeQueVaRevista Cine MitosyLeyendas Maneras DeVivir LITERATURA LibrosFueraTiempo (El Horla y otros cuentos fantásticos, Maupassant) |
|
Autores inéditos LA SENTADA DEL DESESPERADO A veces la vida es cuento
Aprovecharía la ausencia temporal de mi mujer para intentar la experiencia sin moverme de mi casa. Fue un jueves cuando lo decidí. Sentado en una silla, cerca de la ventana, transcurrirían las horas hasta que algo pasara.Entretanto, yo me conformaría con mirar. Quería comprobar si era capaz de sobrevivir sin nada. Sólo con la esperanza. Tranquilo, relajado, con el cielo por pantalla, cigarrillos, cenicero, fuego, y todo el tiempo en el alma.Me apetecía la idea de esperar que pasara un acontecimiento que demostrara que las cosas se suceden como las estaciones, que no hay que ir a buscarlas. Que si una cosa termina, es que otra empieza su danza. Me había cansado de ir de empresa en empresa, de esa oficina a aquella fabrica, a pedir un trabajo que nunca me daban. Me metí en situación contento de estar realizando mi idea. La silla era lo suficientemente cómoda como para permanecer en ella muchas horas. Si me cansaba de estar sentado, daría algunos pasos por la habitación y al menos aquel andar no me depararía el desencanto a que estaba acostumbrado. No me vería obligado a mostrar el currículum de mis habilidades que una y otra vez desplegaba sin resultado cada vez que andaba fuera de casa, y aquello sí que agotaba. Andar, hablar y sufrir la decepción de ver lo poco que interesaba daría paso a una espera... ¿prolongada?
La primera sorpresa no tardó mucho en llegar. A las dos de la tarde del mismo jueves, tan solo unas horas después de haber iniciado mi sentada, me sentí propietario. No tan solo de mi silla, de mi espacio y de mi yo, sino también de mi tiempo. El tiempo era mío sin haberlo pedido. ¡Qué bien me encontraba poseyendo tanto tiempo! ¡Qué maravilla! ¡Qué disfrute! Encendía un cigarrillo y, lentamente, mi mano y subía y bajaba de mi rodilla a mi boca, de mi boca a la rodilla, con movimientos suaves, marcando un compás exacto, y el humo se desprendía sin prisas, enmarcando la ventana entreabierta, y mis ojos lo seguían hasta que se confundía con el aire. Por si fuera poco el placer que sentía, ¡justo en esos momentos! desde una casa vecina llegó una palabra dicha por una niña, más pequeña que la mía, que con una voz rosada y muy llena de alegría, dejó escapar un «papá» que a mi me sonó a música. El cielo, en aquel momento, era claro con alguna nube. Al tiempo se unía el recuerdo. El recuerdo de mi hija con su madre. Amores que no morían aunque existieran distancias. En el tiempo transcurrido desde mi sentada, era consciente de poseer mucho más que en los meses precedentes. El tiempo y los recuerdos me pertenecían. Transcurrieron dos días y, la verdad sea dicha, no me sentía tan optimista. Las horas se sucedían: las doce, la una... las cinco, las seis... y casi no sabía qué hacer con tanto tiempo almacenado. En algún momento tuve la idea de hacer bolsitas de papel anudadas con una cinta y tirarlas por la ventana a los transeúntes que pasaban. ¡Oiga usted, señor, le regalo dos horas de mi tiempo, porque a mi me sobra! ¡Señora, recoja esta bolsita, contiene tres horas mías, se las cedo! Por otra parte, los recuerdos se obturaban o se repetían, y se mezclaban sensaciones con el vacío. El cielo seguía siendo claro, pero más nubes aparecían. Lo único que seguía exactamente igual y en el mismo sitio, era la silla. Hasta mi cuerpo había cambiado. Mil sensaciones extrañas habían sido beneficiarias. Hormigueo en los brazos y piernas, dolor en el cuello, ojos cansados, alguna que otra rampa, algunas erecciones y muchos etcéteras. Había descuidado el aspecto físico y el pelo asomaba en la cara. Todo aparecía pero en nada se quedaba, la danza de lo nuevo no conseguía su entrada. Pero algo sí cambiaba, ¡y de qué manera!. Mi culo se había convertido en un disco completamente plano y redondo.
Yo ampliaba mis conclusiones. Al tiempo y a los recuerdos, que aunque me pertenecieran en totalidad ya no les daba el mismo sentido, se unía un conocimiento superior del cuerpo. Podía intentar escribir un manual de las distintas sensaciones y molestias que el cuerpo humano reconoce como suyas si se le mantiene demasiadas horas en una misma posición; podía describir los distintos géneros de picores, comezones o ansiedades; podía diagnosticar cuáles son las horas más propicias para sentir la corriente sexual natural sin estímulos externos, o podía hacer una tesis sobre el adormecimiento de una pierna si se deja demasiado rato encima de la otra. Todas esas y otras posibilidades rondaban por mi cabeza para tratar de convencerme de la bondad de mi idea, por intentar dar con el hilo que cosiera las necesidades que me habían llevado a la sentada, cuando del exterior llegó, a través de un amplificador, una voz enardecida: «Ciudadanos, el próximo domingo tendrá lugar la Segunda Marathon Popular de esta ciudad. Todos estáis invitados. No olvidéis el lema olímpico: lo importante es participar. La salida se dará...» y la voz se alejaba y se perdía en la distancia. Me replanteé el interés colectivo de mis deducciones en una época en que la competición es lo esencial, y decidí proseguir con mi sentada, convencido otra vez de que al invierno le sucede la primavera y que ninguna posición puede ser eterna. El tiempo, seguía convencido, se encargaría de demostrar que los hombres marchan por etapas aun en las carreras más largas. A la semana, casi nada había cambiado. La barba había crecido, iba muy desaliñado, los recuerdos se escondían y mis músculos se agotaban. Sólo una cosa permanecía inalterable: mi silla. La silla se había convertido en mi mejor amiga. La oía quejarse cuando yo me maltrataba y la sentía respirar cuando me relajaba. Se reía conmigo cuando contemplaba el cuatro en que me había convertido y a través de mi culo intercambiábamos sudores, calores y olores, como podría hacerlo cualquier pareja en intimidad. Si me levantaba demasiadas veces para permitir que la sangre circulara por mis piernas, después la encontraba fría, como distante, y mi culo dolorido notaba toda su dureza. En cambio, si permanecía con ella, me ofrecía su tacto, permitía que le pasara un brazo por encima o que le ofreciera mi mano. Con mis pies y sus patas casi siempre entrelazados, parecíamos uno solo. Cuanto más cansado estaba de permanecer sentado, más a gusto me encontraba en su regazo. Por lo demás, casi nada. Ya casi ni me acordaba del por qué me encontraba allí o qué me había impulsado a permanecer así. Mi mente permanecía quieta e incapaz de desarrollar nuevas ideas o pensamientos, su quietud era total. Sólo de vez en cuando alguna imagen la revolvía, pero duraba unos instantes. Parecía haber tomado la misma determinación que mi cuerpo, y no se sentía a disgusto porque ni me molestaba. Aceptaba su suerte con la serenidad del valiente que, por una causa que él considera justa, se ve enfrentado a un piquete de ejecución: mirando de frente y sin pestañear. Mi mente, de vez en cuando, parecía decirme: ya me dirás qué hacemos, yo espero. En cambio, por esas fechas, quienes mantenían una actividad casi febril eran mis ojos. Sus cuencas se habían dilatado y los ojos parecían querer salirse de ellas. Lo miraban todo, no descansaban, y fuera de día o de noche, cualquier movimiento que se cruzaba con ellos era seguido hasta su fin. Mis ojos parecían los de un pez suspendido en las alturas, intentando encontrar el agua que el cuerpo necesitaba. La aventura de mis ojos había empezado de una manera tranquila, sin darme cuenta apenas. Hacía días que seguían todas las palomas que se cruzaban y aquellos ojos míos se colgaban de sus alas. Ahora aquel pajarito, ahora se mueve una rama, o esa pequeña mosca que se acerca a la ventana. Fueron mirando y mirando y ya se sabían quien habitaba las casas. Allá enfrente y un poquito a la derecha, un matrimonio jubilado cuidaba de sus macetas; más a la izquierda, unos jóvenes, a quienes gustaba la juerga; justo enfrente, una familia bien avenida jugaba con los quereres; debajo, una señora sola hacía siempre calceta. Aquel niño, aquella puerta, hoy se barre, hoy se reza, hay quien canta... ¡ay, que pena! Todo lo veían mis ojos, incluso ya sin mirar. Se habían acostumbrado a saber cuándo ocurrían las cosas de los demás. ¿Se abrirá aquella ventana? Pues sí, abierta está. ¡Correrán esa cortina!, pues sí, ya está. Y a veces, cuando la noche se apodera de las casas, muchos personajes cambian. Hay más gente en muchas casas y las sombras crean visiones que no se dan las mañanas. Se ven evas cincuentonas, evas en extremo flacas, otras que sólo se intuyen, y adanes de muchas tallas. Pero la noche sólo es noche y todas llegan a mañana. Estaba perdiendo la noción del tiempo. Ni me acordaba de los días transcurridos desde que estaba pegado a la silla. Mi culo había dejado de ser de carne para convertirse en una especie de masa inerte parecida a un juanete gigante. Era noche cerrada y el cielo completamente gris. Ni una estrella visible en el cielo y la luna había dejado de existir. La ciudad había sufrido un apagón y ni una sola luz se divisaba. Sólo mi encendedor, amigo fiel, podía servir de estrella aquella noche. Pero mis ojos seguían abiertos sin tener qué mirar. Entreabrí un poco más la ventana y dejé pasar el aire. Me relajé, e interiormente, me preparé para dormir. No sé el rato que pasó, pero me puse en alerta por algo que me sobresaltó. Un ruido fuerte, acompasado, se acercaba a mi ventana. Toc-toc, toc-toc... sonaba claramente y cada vez más cercano. Toc-toc, toc-toc... ¡ya estaba ahí! ¿Qué será? me preguntaba, cuando de repente, una cabeza enorme, grande como la ventana, con una luz muy potente que rodeaba su cara, se plantó ante mí iluminando la sala. Me asusté, quise salir huyendo, pero no podía despegarme de la silla, y aquella cara enorme empezó a sonreír. ¡Ven! me dijo, al tiempo que la ventana se abría y un brazo gigantesco se abalanzaba hacia mí. Me cogió con una mano, tan grande como su cara, y con mucha suavidad me sacó de aquella casa. ¡Ven! repitió, vamos a dar un paseo. De repente, me encontré sentado en el lomo de un centauro gigantesco. Me agarré a su espalda como pude y el temor se disipó. Sus cuatro patas echaron a andar, toc-toc, toc-toc, y a correr, y a galopar, toc-toc, toc-toc, toc-toc... Atravesamos la ciudad, valles, montañas, ríos de fuerte caudal, paraísos de colores y empezamos a volar. Mil magmas desconocidos desfilaban ante mí dejando polvo de estrellas a nuestro paso. Galopábamos por encima de mares helados de color violeta, saltábamos nubes verde esmeralda, o nos duchaba una lluvia de rosas rojas. Y todo sin dejar de volar, o galopar, y otra vez correr, galopar y volar, sin descansar ni un momento pero sin notar el cansancio. Me apreté al centauro y me sentí feliz, me sentí privilegiado. Jamás hubiera imaginado que existiera algo así. Empecé a cantar, cada vez más fuerte, y los ecos respondían formando un orfeón. Los agudos más suaves y los graves más solemnes llegaban hasta mí, cuando, de un impulso, me encontré de pie en el lomo del centauro. El seguía corriendo, galopando, volando, según le viniera en gana. También quiso cantar, y al hacerlo, los cielos se abrieron de par en par y una cascada de estrellas empezó a manar. La luz se hizo tan potente que daba la sensación de que noventa mil días juntos se habían congregado en un solo instante. Permanecimos callados ante aquel derroche de luz. Una estrella se acercaba, alcé la mano y... ¡ding-dong! ¡ding-dong! un repique de campanas... Una ráfaga de aire me sobresaltó. Miré mi mano levantada y un líquido rojo me mojó el pantalón. Sentí un dolor intenso y pude ver, antes de que el rojo se extendiera rápidamente, cómo se había abierto la carne de mi mano. El cristal de la ventana estaba roto en mil pedazos y mi amiga, la silla, y yo, cubiertos de sus pedacitos. Me encontraba fatal. La herida de la mano no había cicatrizado y dolía una barbaridad. Me había limitado a limpiarla con agua del grifo y cubrirla con una venda. No había vuelto a mirarla desde hacía varios días. La mano se había hinchado de tal manera que parecía un balón de muchos colores: negro, morado, azul de noche oscura, y por los bordes un ocre tierra que, en conjunto, dejaban un aspecto de disfraz de carnaval. No podía ni apoyarla en la silla. La llevaba colgando como si no existiera, como si fuera ajena a mí. Cuando la miraba, no podía dejar de pensar ¡ay, qué fea estás!, y procuraba olvidarla. El resto de mi cuerpo no le iba a la zaga. Me dolía en totalidad. El estómago no dejaba de expresarse, emitiendo tales sonidos que parecía que hubiera alguien más en la habitación. Con la mano sana, de vez en cuando, tenía que sujetarlo para que no saltara, de inquieto que se encontraba. La cabeza aún estaba peor. Cualquier ligero movimiento de cualquier parte del cuerpo y ya está, ¡al ataque!. En el interior de ella se originaban tales batallas, que miles de células en pie de guerra disparaban sin cesar: ¡strong! ¡bum! ¡scrag!. De vez en cuando estallaba una bomba y hacía peligrar hasta mi posición, que de tan aprendida y practicada que la tenía, se asemejaba a un mueble de seis patas. Era tan feroz la batalla que en el interior de mi cabeza se libraba, que las heridas recibidas asomaban al exterior y dejaban el cabello y la cara completamente empapados. De vez en cuando, del líquido que me mojaba, podía haberse obtenido un cubo entero de agua. La temperatura de mi cuerpo era extrema. Al calor más sofocante le sucedía un frío glacial. Parecía que viajara con la rapidez del rayo del Ecuador al Polo Norte llevando el mismo traje. Al llegar a la primera escala, me sentía San Lorenzo friéndose en la parrilla. Las hogueras de mi barrio en la víspera de San Juan estaban allí, en la habitación. Pero cuando llegaba al Polo, mi cuerpo se convertía en un acordeón con castañuelas en la boca que no dejaban de repiquetear. Era tan fuerte y constante el castañeteo, que creía que los dientes y muelas saltarían en pedazos. Me dolía tanto el cuerpo que, en momentos de desvarío, estaba convencido de que alguien, alguna noche pasada, en los pocos momentos en que conciliaba el sueño, había entrado furtivamente en la habitación y la había emprendido a golpes conmigo, sin dejar ni un hueso sano. Dolían hasta tal punto que lo mejor era dejarlos como estaban, no fuera que, por tocar uno, los demás se desmoronaran. Y lo peor no era eso. En los pocos instantes que aparecía la lucidez, sentía asco. Asco de mi aspecto externo. Había adelgazado más de diez kilos, mi barba cerrada sólo dejaba ver de mi cara unos ojos de loco, furiosos por la impotencia y ciegos de tanto mirar, y de mí emanaba un olor mezcla de estercolero y hospital. Me asqueaba tanto, que si hubiera podido levantarme habría pegado un letrero en la puerta de entrada de mi casa, en el que, con letras muy visibles, pudiera leerse: «No entrar, peligro de intoxicación». Pero aquel asco se agrandaba y se hacía más dañino si miraba al interior. Desesperado. Me encontraba totalmente desesperado y me sentía ridículo por encontrarme en una situación que nadie más que yo había provocado. Habían disminuido los dolores del cuerpo, pero las sensaciones que me llegaban a través de la mente me hacían mucho más daño. Me parecía ridículo que un hombre de más de cuarenta años se encontrara en aquella situación, esperando la visita de un hada madrina que le resolviera la papeleta, ya sabía por toda mi experiencia vital anterior a la sentada, que esa solución sólo se daba en los cuentos, pero había prescindido del conocimiento que da la experiencia y, en un momento de debilidad, había optado por llevar a cabo una empresa a la que no veía salida. Mi cuerpo reflejaba el desastre ocasionado y mi mente se había erosionado de tal manera que no quedaba en ella ni un rincón en donde guardar la esperanza. La desilusión y el vacío llenaban mi casa. Y empecé a sentir miedo. Miedo de seguir allí sin tener qué esperar. Miedo de volver a andar, otra vez, de casa en casa, de esa oficina a aquella fábrica. Miedo del tiempo perdido. Miedo de mí mismo y miedo de los demás. Necesitaba más aire que el que entraba a través de la ventana rota, y me asomé a través de ella al exterior. Miré el cielo. Estaba limpio, sin manchas. No aguanté la visión, contrastaba demasiado con mi aspecto y bajé la cabeza hacia el suelo gris, lleno de gente que iba y venía, ajena, con prisas, sin mirar nada. De mis ojos se escapó la lluvia que regó mi cara. Quería recordar y no podía. La soledad se había convertido en dueña y señora de mi casa y de mi alma. Una soledad vacía, sin sentimientos ni añoranzas, sin rencores, pero tan sola que no me gustaba. Quería concentrarme en algo, en alguien, y todo se me escapaba. Y el suelo se me acercaba, grande, gris y sucio como yo. El suelo subía y bajaba, cada vez era más mío y menos gente quedaba. El día se hacía oscuro y poca gente pasaba. Quise salir huyendo y las fuerzas me fallaban. Volví a mirar al cielo, limpio y sin una mancha, con pequeños resplandores y la luna que se anunciaba, y de repente algo cambió. Me sentí seguro de lo que iba a hacer. Recobré las fuerzas y la disposición. No existía el pensamiento, sólo la decisión. Me giré, cogí la silla y la acaricié. Mi amiga gimió. La contemplé unos instantes con auténtico fervor. La encontré desgastada y sucia, con mezcolanza de olores, pero ahí estaba, dispuesta a servirme una vez más. La dirigí al centro de la ventana, la besé, puse mis pies encima de ella, respiré profundamente y... Ring... ring... ring... El timbre de mi casa no cesaba de sonar, a la par que unos golpes dados con la mano en la puerta, toc-toc, toc-toc. Y más ring... ring... ring... y toc-toc, toc-toc... Aturdido, interrumpí la acción sin bajarme de la silla, pero seguían insistiendo los ring, ring, ring y los toc-toc cada vez más fuerte y frenéticamente, sin parar, ring... ring... ring... toc-toc, toc-toc, ring... toc... Abrí la puerta. Un señor quedó enmarcado en ella. Me miró unos instantes y, tranquilamente, empezó a hablar. -Perdone usted que me presente así. Soy un vecino suyo. Vengo observándole desde hace casi un mes y le veo siempre en el mismo sitio y en la misma posición. Tengo curiosidad por saber qué es lo que hace. Si usted quisiera... -Busco trabajo, le dije. -Pues bien, yo puedo ofrecérselo. Actualmente trabajo en una agencia de publicidad, en un despacho con mi nombre en la puerta. Mi trabajo consiste en tener ideas que sirvan a los demás. Es un trabajo agradecido y estoy bien considerado. Vivo con mi mujer, mi hija y un hijo varón, de tres años de edad, que lleva el nombre de mi benefactor. Constituimos lo que, vulgarmente, se dice una familia feliz. ¿Y que fue de la silla? Aparece muy visible en un ángulo de la sala de estar de mi casa, en el mismo estado que quedó después de la experiencia, dentro de una vitrina y encima de un pedestal que hice construir expresamente para ella. En su asiento, de pie y apoyado en el espaldar, descansa un disco interpretado por Duke Ellington, al piano, y Johny Hodges, al saxo, y que lleva por título «Back to Back». En el pedestal, se ve una placa de plata con una inscripción: «En acción de gracias».
Ferney-Voltaire, 1986 |