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LITERATURA Poetas desconocidos

LIBROS FUERA DEL TIEMPO

El Club del haschisch,  antología.-

Curiosa antología -políticamente incorrecta- que reúne textos del siglo XIX y XX, escritos bajo la influencia de haschisch, opio o alucinógenos, o bien hablando sobre sus efectos. No se ocupa de la cocaína ni de la heroína porque el editor de la antología consideró que los textos existentes relacionados con estas dos drogas no tienen calidad ni interés suficientes, lo cual ya dice bastante de su diferencia con otras drogas.

Más que la selección de los propios textos –que es bastante irregular- es interesante la perspectiva a la que apuntan casi todos con su contenido: una alteración de conciencia muy importante, en cuanto complementaria, para un conocimiento más profundo y completo de la llamada realidad. (Atención: este artículo no es apologético sino informativo).

El cuento de Coleridge habla de la vida nómada de Caín tras el asesinato de su hermano. Del malditismo. De fundir la luz solar y la lunar, de fundir contrarios. Y la insólita hipótesis, en boca del fantasma de Abel, de que el dios de los vivos –que le quería- es distinto del dios de los muertos, que le rechaza.

Thomas de Quincey (famoso por su libro “Confesiones de un inglés comedor de opio” en el que relata conmovedoramente las causas y consecuencias de su adicción), está representado por un texto visionario de potentes imágenes, como por ejemplo un carro romano cabalgando a lo largo de una catedral.

Allan Poe, en su relato “cuento de las montañas escarpadas”, habla de un hombre que tras tomar morfina tiene una visión en la que se ve muerto por una flecha en unos disturbios en Oriente. Duda si está soñando pero está seguro de estar despierto y así se lo cuenta a un médico que tiene un amigo, igual físicamente a su paciente, que acaba de morir de un flechazo en unos disturbios en Oriente. Y, como siempre en Poe, la atmósfera de sus relatos está por encima de su contenido, o los desborda, con la avasalladora fusión de múltiples realidades. Una fusión sentida dolorosamente como el lado hondo e incomprensible de la vida, que siempre se revela más laberíntica que los sueños que a veces la invocan.

Tras un cuento de Mangan, que refleja el terror ante el absurdo de ver crecer la nariz de un vecino de mesa en un bar, hasta el punto de amenazar la existencia de la ciudad de Dublín donde están, viene el relato de Théophile Gautier en el que narra propiamente una sesión del club del haschisch que da título al libro.

Se trataba de unas reuniones periódicas en el hotel Pimodan de París, en las que se reunían escritores como Nerval, Baudelaire, Rimbaud..., para experimentar con el haschisch. Incluso convencieron una vez a Balzac para que fuera, aunque se negó a probar nada.

La experiencia de Gautier es abiertamente alucinógena (no es de extrañar pues no lo fumaban sino que se lo comían a cucharadas). Tiene además los efectos de una alteración de conciencia fundidora: Gautier se convierte en lo que ve, los sonidos tienen formas coloreadas, etc. También se presenta el típico efecto de alteración de la percepción del tiempo (tarda en recorrer un salón 10 años) y se encuentra a un grupo de gente que afirma que el tiempo ha muerto. Y entremezcladas imágenes surrealistas como los peldaños blandos de una escalera.

Nerval relata un cuento egipcio en el que se afirma que el haschisch hace que los humanos crean en prodigios y aparece un curioso personaje enamorado de su hermana y que afirma ser Dios, ante el escándalo de sus oyentes.

El texto de Rimbaud es, como siempre, potente y visionario: “Comenzó entre risas de niños y así terminará (...) Comenzó con toda la zafiedad del mundo y mirad que termina con ángeles de fuego y hielo”.

Claude Farrère nos relata un cuento en un fumadero de opio en una casa nueva, simple y fea. Pero en ese escenario tan banal sucede sin embargo un prodigio inexplicable, tan sobrecogedor que nadie se atreve siquiera a comentarlo. Una mujer desnuda, sin apenas saber leer ni escribir, empieza de repente a hablar en latín.

Yeats, el poeta irlandés, nos habla de manera mágica de los 3 Reyes Magos de Oriente. Tres ancianos viajando a pie y de noche “a horas en que los inmortales están despiertos”. En sueños una voz les dice que vayan a París donde una mujer agonizante les revelará los nombres secretos de los dioses “que pueden ser dichos perfectamente sólo cuando la mente está embriagada de ciertos colores, olores y sonidos”. Y añade: “Tal vez el cristianismo fuese bueno y al mundo le gustase, ahora está desapareciendo y los inmortales comienzan a despertar”.

Alister Crowley, ese personaje conmovedor por su infantil deseo de provocación, tras una pipa de opio se durmió y soñó con el relato que escribió nada más despertar: “La estratagema”. El relato de un viajero, insolente e insólito, que le cuenta a un inglés (tras alarmarle con la confesión “tal vez sea un asesino convicto”) una delirante temporada carcelaria, de la que escapó gracias a la estratagema de un loco. En realidad ese es el tema de su cuento: dónde empieza y acaba lo racional y su diferencia con lo razonable.

Kerouac aporta uno de sus textos con forma de río mental de respiración contenida, él también cabalgando (como Coleridge) con un caballo blanco por las callejuelas de una pequeña ciudad.

Allen Gisberg relata una toma de ayahuasca en un grupo con chamán en la selva peruana. Comentando sobre sus efectos: “Cuando ‘viajas’ penetras en internos corredores, entras dentro del corazón”.

Timothy Leary, psicólogo con un antes y un después en su vida tras la toma de unos hongos alucinógenos, habla en su texto sobre el efecto de un viaje con LSD, que podría resumirse en su frase: “Todo es conciencia”. Para él como para Alan Watts tomar LSD es como un rito sagrado y un acto político. Y sus intentos de investigación de los efectos de las drogas fueron sistemáticamente hostigados por la policía.

Alan Watts busca, en su texto, la identidad de ese que es consciente. Texto muy interesante y orientalista con fuertes sentimientos panteístas. “En el fondo, no hay manera de separar el yo mismo de lo otro. Empiezo a percibir que el yo y lo otro, lo habitual y lo extraño, lo interior y lo exterior, lo previsible y lo imprevisible se implican mutuamente”.

Craddock tiene un delirante relato en el que un tipo que toma ácido se siente Dios y se pasa los días agotado haciendo que el sol salga y se ponga y lo mismo la luna y las estrellas, etc. Y empieza a leer de todo incansablemente, por primera vez en su vida. Y hay un mensaje escrito sobre la arena de una playa en el que se pide a Dios que se ponga en contacto con él y para ello se apunta a continuación su número de teléfono.

Andrew Weil diserta sobre las diferencias entre lo que llama pensamiento “pirado” (bajo los efectos de drogas) y el pensamiento racional, por ejemplo sobre la ambivalencia natural en el pensamiento pirado, cosa que afirma el zen. “Experimentamos las cosas directamente, vemos contenidos internos más bien que formas exteriores”. Y añade dos frases maravillosas, una de Lao Tsé (el autor del libro cabecera del zen “El libro del Tao”): “Aquel que prefiriendo la luz,/ prefiere también la oscuridad,/ tiene en sí mismo la imagen del mundo./ Y, por ser imagen del mundo,/ es continuamente, sin fin,/ la morada de la creación”. Y otra del poeta William Blake: “Si las puertas de la percepción estuviesen despejadas, todas las cosas se le aparecerían al hombre como son: infinitas”.

Paul Bowles en su relato “El viento en Beni Midar” nos habla de unos hombres de la montaña que bajan a un café, y tienen que ponerse a bailar porque la música les posee. Podían hacer sólo lo que la música les decía que hicieran.

En el relato de Terry Southern un sustituto de un redactor enfermo de una revista de Nueva York, amante de sustancias añadidas, se le ocurre leer todos los textos enviados por la gente que antes iban directamente a la basura. Eso no es todo, acabará escribiendo un texto impublicable sobre la muerte de Kennedy por grotesco e irreverent

De Hunter S. Thompson aparece un fragmento de su famosa “Terror y asco en Las Vegas”, en el que dos tipos que van “cargados” hasta las cejas recogen a un autoestopista y tratan de convencerle de que todo va bien sin que se note que van colocados y los intentos resultan ser todo menos tranquilizadores. Nada especial, la verdad, tiene este fragmento (ignoro el resto de la novela porque no la he leído).

En cuanto al texto de John Lennon no tiene el menor interés, hubiera sido mejor sacar cualquiera de sus muchas letras de canciones. Las tiene y algunas, junto con la música, creadas bajo los efectos de añadidos. Como él mismo reconoce en el libro “Lennon recuerda” (larga entrevista hecha poco después de la separación de los Beatles) ante la pregunta “¿Cuánto duró el LSD?”, él responde: “Duró años. He debido hacer mil viajes... Solía tomarlo a todas horas”.

En el relato de Smokestack El Ropo, colaborador de Rolling Stone, titulado “Fábula tercera” se habla de un tipo que va a comprar a un camello con fama de liante. Tiene, efectivamente, el aire de fábula atemporal con detalles como que el camello sea un gigante que vive en una cueva y el camino que recorren juntos.

Jerry García, compositor y guitarrista del grupo Greatful dead, de tortuosas y filosóficas letras, aparece entrevistado por la revista Rolling Stone. Una de sus frases: “No estoy hablando de estar inconsciente o ido. Estoy hablando de ser plenamente consciente”.

Y cierra la antología un texto muy interesante de Aldous Huxley, donde alude a la importancia de una percepción pura, sin condicionamientos culturales. Para él la alteración de la conciencia inducida por los alucinógenos ayuda a vivirla. Menciona a los que a veces perciben así: artistas, visionarios y místicos. Y cita al filósofo Plotino: “la otra forma de mirar, de la que todos no han hecho sino muy poco uso”.

En resumen un libro políticamente incorrecto, porque algunos textos recomiendan el uso de drogas aunque, en general, de manera puntual y especial, cuyo mayor interés reside en su exploración de las diversas formas posibles de percepción del mundo y las consecuencias vitales que implican. Y es que está editado a finales de los setenta, una época en la cual se trataba de investigar de manera trascendente en la materia, aunque ya estuviera divulgada por entonces la toma puramente lúdica de drogas (pero menos que ahora, cuando prácticamente es la única –y errónea- manera de tomarlas). Esta puntualización es muy importante, sobre todo en cuanto a los alucinógenos, pues son sustancias muy radicales que deben tomarse en compañía de personas conocidas que no las tomen para ayudar en los posibles efectos duros de un “viaje” complicado. Y si además se trata en concreto de alucinógenos tribales (como ayahuasca, peyote, hongos, etc.) deben tomarse en el contexto chamánico que les es propio, pues es allí donde se podrán encontrar los apoyos necesarios para una buena experiencia, además de completa. Abstenerse de tomarlas en occidente sin la guía de un auténtico chamán, muy difícil de encontrar aquí, y nunca en plan alocado o lúdico pues pueden ser realmente peligrosas. La cantidad de la toma es decisiva y en cuanto se sobrepasa mínimamente resulta mortal. Esto en el peor de los casos. En el mejor se trata de sustancias diluídas o sustitutivas, un aguachirle después de sacar el dinero al incauto occidental.

[Tesa Vigal]

 

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